lunes, 23 de abril de 2012

La censura física del cine.

El cine, séptimo arte.
Estamos rodeados de películas, de interpretaciones de unos y otros personajes, algunos más famosos, otros que forman parte de la historia del mundo y otros, simplemente, nacidos de la imaginación de directores, guionistas o escritores. Muchas veces buscamos en las películas una evasión, permanecer durante un tiempo aproximado de dos horas en otro mundo, en otra situación, pendientes de la vida de otros en lugar de la propia, ser por un momento otra persona. Pero, ¿cómo es esa persona? Quizás parecida o quizás diferente, pero en muchos casos habrá sido transformada para enamorar a nuestros ojos. Si no es así pensemos: ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sentido decepcionados al ver a uno de los personajes de nuestro libro favorito llevados a la gran pantalla? Y es que el séptimo arte también está bañado en estereotipos, tanto que la propia realidad o historia se mancha o pisotea con tal de seguir los estereotipos marcados por la sociedad.
Para situar al lector ante este hecho propondremos una serie de ejemplos, de personajes, que pueden ser fácilmente observados en películas conocidas por muchos de nosotros:

·         * Enrique VIII: físicamente era un hombre tosco, con tendencia al sobrepeso, teniendo en sus últimos años una medida de cintura de 137 centímetros; esta obesidad le llevó a sufrir un accidente de justa donde perdió la posibilidad de realizar actividades físicas así como la derivación en una ulcera, la cual pudo ser una de las causas de su muerte. Además era un hombre enfermo donde los haya: sufría sífilis, gota y el síndrome de McLeod, este último era la causa de su imposibilidad de tener hijos varones y, sobre todo, de tener hijos sanos.

Todas estas características tanto físicas como en el aspecto saludable del que fue rey de Inglaterra y Señor de Irlanda hacen que no fuese lo que actualmente entenderíamos por alguien bello (ni aún en su tiempo lo era sino por su poder). Pero el cine no podía permitir que sus espectadores tuviesen ante sus ojos a un ser tan repugnante del cual querían dar la imagen de conquistador, tanto en el campo de batalla como en el sexual. Por este motivo, a la hora de llevar a este personaje histórico a la gran pantalla tuvieron que hacerle unos pequeños “arreglos”, tanto que nuestro Enrique VIII de peso elevado y múltiples enfermedades se convertía en un fuerte, joven y saludable Eric Bana (en la película Las hermanas Bolena del director Justin Chadwick) o en un Jonathan Rhys-Meyers moreno y de mirada clara y penetrante (serie de televisión Los Tudor creada por Michael Hirst).
Un poco lejos de la realidad, ¿no creen?.
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      * Michelangelo Buonarroti: más conocido en España como Miguel Ángel, autor de maravillas como La Piedad, David o La creación de Adán, una de las obras que podemos encontrar en la Capilla Sixtina del Vaticano. Era un artista indiscutible pero debajo de esa cara se escondía otra de mucha menos belleza que la que sus manos creaban. Miguel Ángel era, en palabras de Giorgio Vasari (Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos, Florencia 1550): “con esfuerzo ha llegado a los setenta y tres años ya, dándose a conocer como prudente hombre, reservado y ambiguo, como con doble sentido en su forma de hablar, dice que la poca práctica hace al hombre calamitoso pero feliz, aunque no sé dónde ha observado esto (…)También se sabe de este artista que era un hombre de carácter, algo que se demuestra entre otros episodios en el enfrentamiento que tiene lugar contra el pintor y orfebre Francia (Francesco di Marco di Giacomo Rabiolini).
Físicamente no era alguien bello como tal. Padecía una hipercifosis, o lo que es lo mismo, tenía joroba, además de una ceguera causada por la caída de las pinturas al pintar tumbado los techos de las capillas. De él se decía que parecía un cuervo, por lo huraño y oscuro que se mostraba hacia los demás.
Sin ir más lejos, el director Carol Reed, que decidió llevar a la gran pantalla a este personaje tan pintoresco (en la película El tormento y el éxtasis), a este artista, no eligió a cualquiera para interpretar el papel, sino al mismísimo Charlton Heston, para muchos un icono de la belleza madura, de nuevo distando mucho de la realidad.

     * Jean-Baptiste Grenouille: protagonista de El Perfume, del escritor alemán Patrick Süskind. En el propio libro se describe al personaje: “Durante su infancia sobrevivió… como consecuencia de todo ello le quedaron cicatrices, arañazos, costras y un pie algo estropeado que le hacía cojear, pero vivía (…) Y no obstante, visto de manera objetiva, no tenía nada que inspirase miedo. No era muy alto –cuando creció- ni robusto; feo, desde luego…(…) Al cabo de un año… contrajo el ántrax maligno. Solo le quedaron cicatrices de los grandes ántrax negros que tuvo detrás de las orejas, en el cuello y en las mejillas, que lo desfiguraban, afeándolo todavía más”. Nada más hace falta escribir de este muchacho para saber que la belleza no era uno de sus fuertes (como el olfato). En este caso es cierto que no tenemos referencias artísticas o fotográficas que puedan mostrarnos la verdadera imagen de este personaje, pero nuestra imaginación no daría lugar precisamente a un hermoso joven si dependemos de dicha descripción.
Aún así, y aunque en este caso el director Tom Tykwer no se dirigió a un actor idolatrado por su físico, el artista que interpretó a este personaje, Ben Whishaw, no tenía ese aspecto repulsivo, lleno de magulladuras y dolencias como en la novela se cuenta, sino ojos azules, cabello oscuro y una tez fina y agradable.
De nuevo demostramos la censura en la gran pantalla, ¿o alguien es capaz de encontrar esas múltiples cicatrices y esa innegable fealdad?.








Estos ejemplos deberían ser suficientes para observar, como ya se ha dicho, la censura física a la que estamos expuestos y de los que nosotros mismos formamos parte, ¿o es que a alguien le agrada ver personajes con malformaciones, repulsivos, que nos inciten a apartar la mirada de la pantalla? Ni nosotros ni los cineastas queremos eso, por lo que, para solucionar este pequeño problema, todo es fácil si ponemos una máscara delante de aquello que no nos gusta, que no queremos que sea apreciable, ¿no les suena esto de algo? Quizás… ¿a la vida real? Por ejemplo.



Carmen D.S.

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